De Caras y Caretas
Por: José Asunción de Rozas.
Han sido
largos días sin sentarme a escribir ni opinar nada de todo lo que actualmente
sucede en nuestra patria y en el mundo, sin embargo, la cadena de
acontecimientos acaecida desde mi último escrito para este diario digital y el
curso de este día que publico, me han llevado a reflexionar en torno a una
pregunta que puede ayudarnos a comprender el extraño mundo que hoy sentimos: ¿A
qué amable lector, nunca le ha pasado que ha tenido que presenciar bochornosos
actos que desdibujan a las personas o ideas que siguen, divorciando sus
principios de sus actos? No es común iniciar una columna de opinión con una
pregunta que hace parte de nuestro haber cotidiano, pero que, de manera
empecinada, hemos trabajado por maquillar e ignorar, dando paso a dualidades
irreconciliables y a ser actores de la conveniencia, imagen viva de aquellos
que se critican en el poder.
La cuestión
con la que he decidido dar el primer paso no es nueva: desde el uso de la razón
en cada individuo, nos hemos sentido decepcionados y altamente estimulados por
que somos capaces de justificar lo injustificable, somos capaces de hacer de lo
opuesto, una herramienta para lo nuestro, hemos construido monstruos
ideológicos, todo un juego de sombras entre la verdad, las ficciones y las
mentiras. Más claro no puede ser que la muerte de cualquier ser humano es una
tragedia, pero parece ser que solo quienes se apartan de las escuadras
políticas pueden apreciarlo, porque hasta en la muerte hay clasificación de
maldad y bondad, en ella no ven quienes lo quieren así a la gran igualadora, si
no a la gran justificadora de sus doctrinas.
Temas como
el aborto, el feminicidio, la tragedia de un estado que exprime y derrocha, los
ignorados homicidios que a diario ocurren, deberían mover la fibra humana y
llevar a reflexiones profundas acerca del sentido, valor y destino de la vida y
la existencia en sociedad, sin embargo, muchos destapan champagne y, a través
del odio selectivo y el olvido de la consigna que tanto han prostituido “La
vida es sagrada”, ruegan por más muertes de esa categoría y con frialdad casi
inhumana se atreven a usarlos como amuletos verbales de su propia
desorientación y su sinsentido absurdo de la verdad que saben y la que pretenden
edificar frente a un hecho que no absuelve ni condena; hacen de la muerte y la
pobreza su política de victimización, de justicia, de igualdad, de alegría,
hacen de estos el festival grotesco donde solo quien quiere ignorar la
humanidad del otro es capaz de alegrarse por tan desdichados pensamientos y hechos que
crean poder.
Pero ojalá
esto fuera todo, esos mismos que pretenden que las mujeres tengan suprema
autonomía sobre su vida y predican la empatía, son los primeros en criticarlas si ganan dinero de una
u otra forma y, si piensan diferente a su credo, les desean los peores delitos
que esta sociedad pueda conocer, se les acaba la sororidad con ellas; aquellos
que tienen como divisa que toda vida es sagrada, son los primeros en clasificar
quienes son dignos de vivir, quienes sirven y quienes no; toda la masa que
grita consignas exigiendo al estado mas deberes de papá, son los primeros en
irrespetar las autoridades, se hacen vividores de los contribuyentes y pesan en
el progreso real de la República; esos mismos que marchan por la muerte de un
estudiante ignoran y normalizan lo que llaman la “cultura de la muerte”, solo
les importan los muertos que abonen su lucha. Estos ejemplos son solo parte de
una extensa red contradictoria donde las caras y caretas son uno en todos los
que participan de este lamentable número que desprecia que los otros sigan a un
líder o tengan una cosmovisión distinta del mundo, pero donde esos mismos
proclaman un mesías de 7 colores y le otorgan hasta cualidades divinas que inflan
su soberbia o también donde miran a los políticos de tradición como seres
inmundos pero creen inocentemente en un político independiente (que realmente
solo su nombre lo es) es la mejor opción… estamos en una sociedad y frente a
unas masas que creen con obstinación que la educación es el camino, pero no
advierten el galimatías ideológico que hace hundir más y más el pináculo
democrático de una patria hecha por partes y a girones.
Solo puedo
concluir mi opinión con el hartazgo que siento al ver a muchos que tienen
ínfulas de intelectuales, opinólogos, panelistas y profesores de Twitter o
ideólogos, que son expuestos en su
irracionalidad por los datos o la razón, pero aun así, la gente prefiere
seguirles sin sentido ni rumbo alguno; la superioridad moral y la sociedad del
progreso del hoy está estancada y no tiene futuro, porque sus alas de
sentimientos y exclusividad son siempre derretidas por el calor de la verdad
que los hace caer dolorosamente al mundo real, un mundo sin caretas.
El Aquelarre (1798)
Francisco de Goya y Lucientes
